¿Se puede traducir o parafrasear la música?
Steiner habla de que la música desafía a la
traducción y a la paráfrasis. Y para ello cita a Sócrates y a Nietzsche.
¿Se puede traducir la música? ¿se puede parafrasearla? Para indagar en torno a ambas preguntas, visitaremos a Sócrates, en su celda, poco antes
de que beba la cicuta y muera. Ahí encontraremos, en la narración de Fedón, por
qué Steiner dice que el significado de la música es inagotable (y debería decir
también de la poesía y de la danza, de la arquitectura y ahora parcialmente del
cine). Ocuparemos los apartados 60 d y e, 61 a y b, 65 b y 66 a, b, c y d del diálogo (especialmente los cuatro primeros).
Entonces dijo Cebes, tomando la palabra:
-¡Por Zeus, Sócrates, hiciste bien recordándomelo!
Que acerca de los poemas que has hecho versificando las fábulas de Esopo y el
proemio dedicado a Apolo ya me han preguntado otros, como también lo hizo
anteayer Eveno, que con qué intención los hiciste, después de venir aquí,
cuando antes no lo habías hecho nunca. Por tanto, si te importa algo que yo
pueda responder a Eveno cuando de nuevo me pregunte - porque sé bien que me
preguntará- dime qué he de decirle.
-Dile entonces a él -dijo- la verdad, Cebes. Que no
los compuse pretendiendo ser rival de él ni de sus poemas -pues ya sé que no
sería fácil- , sino por experimentar qué significaban ciertos sueños y por
purificarme, por si acaso ésa era la música que muchas veces me ordenaban
componer. Pues las cosas eran del modo siguiente. Visitándome muchas veces el
mismo sueño en mi vida pasada, que se mostraba, unas veces, en una apariencia
y, otras, en otras, decía el mismo consejo, con estas palabras: «¡Sócrates, haz
música y aplícate a ello!» Y yo, en mi vida pasada, creía que el sueño me
exhortaba y animaba a lo que precisamente yo hacía, como los que animan a los
corredores, y a mí también el sueño me animaba a eso que yo practicaba, hacer
música, en la convicción de que la filosofía era la más alta música, y que yo
la practicaba. Pero ahora, después de que tuvo lugar el juicio y la fiesta del
dios retardó mi muerte, me pareció que era preciso, por si acaso el sueño me
ordenaba repetidamente componer esa música popular, no desobedecerlo, sino
hacerla. Pues era más seguro no partir antes de haberme purificado componiendo
poemas y obedeciendo al sueño. Así que, en primer lugar, lo hice en honor del
dios del que era la fiesta. Pero después del himno al dios, reflexionando que
el poeta debía, si es que quería ser poeta, componer mitos y no razonamientos,
y que yo no era diestro en mitología, por esa razón pensé en los mitos que
tenía a mano, y me sabía los de Esopo; de ésos hice poesía con los primeros que
me topé Explícale, pues, esto a Eveno, Cebes, y que le vaya bien, y dile que,
si es sensato, me siga lo antes posible. Me marcho hoy, según parece. Pues lo
ordenan los atenienses.
…
-¿Es que no está claro, desde un principio, que el
filósofo libera su alma al máximo de la vinculación con el cuerpo, muy a
diferencia de los demás hombres?
-Está claro.
-Y, por cierto, que les parece, Simmias, a los demás
hombres que quien no halla placer en tales cosas ni participa de ellas no tiene
un vivir digno, sino que se empeña en algo próximo al estar muerto el que nada
se cuida de los placeres que están unidos al cuerpo.
-Muy verdad es lo que dices, desde luego.
-¿Y qué hay respecto de la adquisición misma de la
sabiduría? ¿Es el cuerpo un impedimento o no, si uno lo toma en la
investigación como compañero? Quiero decir, por ejemplo, lo siguiente: ¿acaso
garantizan alguna verdad la vista y el oído a los humanos, o sucede lo que
incluso los poetas nos repiten de continuo, que no oímos nada preciso ni lo
vemos? Aunque, si estos sentidos del cuerpo no son exactos ni claros, mal lo
serán los otros. Pues todos son inferiores a ésos. ¿O no te lo parecen a ti?
-Desde luego -dijo.
-¿Cuándo, entonces -dijo él-, el alma aprehende la
verdad? Porque cuando intenta examinar algo en compañía del cuerpo, está claro
que entonces es engañada por él.
-Dices verdad.
-¿No es, pues, al reflexionar, más que en ningún
otro momento, cuando se le hace evidente algo de lo real?
-Sí.
-Y reflexiona, sin duda, de manera óptima, cuando no
la perturba ninguna de esas cosas, ni el oído ni la vista, ni dolor ni placer
alguno, sino que ella se encuentra al máximo en sí misma, mandando de paseo al
cuerpo, y, sin comunicarse ni adherirse a él, tiende hacia lo existente.
-Así es.
-Por lo tanto, ¿también ahí el alma del filósofo
desprecia al máximo el cuerpo y escapa de éste, y busca estar a solas en sí
ella misma?
-Es evidente.
-¿Qué hay ahora respecto de lo siguiente, Simmias?
¿Afirmamos que existe algo justo en sí o nada?
-Lo afirmamos, desde luego, ¡por Zeus!
-¿Y, a su vez, algo bello y bueno? -¿Cómo no?
-¿Es que ya has visto alguna de tales cosas con tus
ojos nunca?
-De ninguna manera -dijo él.
-¿Pero acaso los has percibido con algún otro de los
sentidos del cuerpo? Me refiero a todo eso, como el tamaño, la salud, la
fuerza, y, en una palabra, a la realidad de todas las cosas, de lo que cada una
es. ¿Acaso se contempla por medio del cuerpo lo más verdadero de éstas, o
sucede del modo siguiente: que el que de nosotros se prepara a pensar mejor y más
exactamente cada cosa en sí de las que examina, éste llegaría lo más cerca
posible del conocer cada una? -Así es, en efecto.
-Entonces, ¿lo hará del modo más puro quien en rigor
máximo vaya con su pensamiento solo hacia cada cosa, sin servirse de ninguna
visión al reflexionar, ni arrastrando ninguna otra percepción de los sentidos
en su razonamiento, sino que, usando sólo de la inteligencia pura por sí misma,
intente atrapar cada objeto real puro, prescindiendo todo lo posible de los
ojos, los oídos y, en una palabra, del cuerpo entero, porque le confunde y no
le deja al alma adquirir la verdad y el saber cuando se le asocia? ¿No es ése,
Simmias, más que ningún otro, el que alcanzará lo real?
-¡Cuán extraordinariamente cierto -dijo Simmias- es
lo que dices, Sócrates!
-Por consiguiente es forzoso -dijo- que de todo eso
se les produzca a los auténticamente filósofos una opinión tal, que se digan
entre sí unas palabras de este estilo, poco más o menos: «Puede ser que alguna
senda nos conduzca hasta el fin, junto con el razonamiento, en nuestra
investigación, en cuanto a que, en tanto tengamos el cuerpo y nuestra alma esté
contaminada por la ruindad de éste, jamás conseguiremos suficientemente aquello
que deseamos. Afirmamos desear lo que es verdad. Pues el cuerpo nos procura mil
preocupaciones por la alimentación necesaria; y, además, si nos afligen algunas
enfermedades, nos impide la caza de la verdad. Nos colma de amores y deseos, de
miedos y de fantasmas de todo tipo, y de una enorme trivialidad, de modo que
¡cuán verdadero es el dicho de que en realidad con él no nos es posible meditar
nunca nada! Porque, en efecto, guerras, revueltas y batallas ningún otro las
origina sino el cuerpo y los deseos de éste. Pues a causa de la adquisición de
riquezas se originan todas la guerras, y nos vemos forzados a adquirirlas por
el cuerpo, siendo esclavos de sus cuidados. Por eso no tenemos tiempo libre
para la filosofía, con todas esas cosas suyas. Pero el colmo de todo es que, si
nos queda algún tiempo libre de sus cuidados y nos dedicamos a observar algo,
inmiscuyéndose de nuevo en nuestras investigaciones nos causa alboroto y
confusión, y nos perturba de tal modo que por él no somos capaces de contemplar
la verdad.
«Conque, en realidad, tenemos demostrado que, si alguna
vez vamos a saber algo limpiamente, hay que separarse de él y hay que observar
los objetos reales en sí con el alma por sí misma. Y entonces, según parece,
obtendremos lo que deseamos y de lo que decimos que somos amantes, la sabiduría,
una vez que hayamos muerto, según indica nuestro razonamiento, pero no mientras
vivimos. Pues si no es posible por medio del cuerpo conocer nada limpiamente,
una de dos: o no es posible adquirir nunca el saber, o sólo muertos. Porque
entonces el alma estará consigo misma separada del cuerpo, pero antes no. Y
mientras vivimos, como ahora, según parece, estaremos más cerca del saber en la
medida en que no tratemos ni nos asociemos con el cuerpo, a no ser en la
estricta necesidad, y no nos contaminemos de la naturaleza suya, sino que nos
purifiquemos de él, hasta que la divinidad misma nos libere. Y así, cuando nos
desprendamos de la insensatez del cuerpo, según lo probable estaremos en
compañía de lo semejante y conoceremos por nosotros mismos todo lo puro, que
eso es seguramente lo verdadero. Pues al que no esté puro me temo que no le es
lícito captar lo puro.»
En este punto Steiner también habla de Nietzsche. Hay muchas partes en las que el filósofo alemán aborda el tema de la traducibilidad o de la paráfrasis de la música y de la poesía. A continuación hallarás dos partes de Así hablaba Zaratustra. La invitación es a que las leas con la pregunta de en dónde aborda la imposibilidad de traducir o parafrasear la música.
De los poetas
Desde que conozco mejor el cuerpo, - dijo Zaratustra a uno
de sus discípulos - el espíritu no es ya para mí más que un modo de expresarse;
y todo lo ‘imperecedero’ - es también sólo un símbolo»
. «Esto ya te lo he oído decir otra vez, respondió el
discípulo; y entonces añadiste: “mas los poetas mienten demasiado?”
. ¿Por qué dijiste que los poetas mienten demasiado?» «¿Por
qué?, dijo Zaratustra.
¿Preguntas por qué? No soy yo de esos a quienes sea lícito
preguntarles por su porqué.
¿Es que mi experiencia vital es de ayer? Hace ya mucho
tiempo que viví las razones de mis opiniones.
¿No tendría yo que ser un tonel de memoria si quisiera tener
conmigo también mis razones?
Ya me resulta demasiado incluso el retener mis opiniones; y
más de un pájaro se escapa volando.
A veces encuentro también en mi palomar un animal que ha
venido volando y que me es extraño, y que tiembla cuando pongo mi mano sobre
él.
Sin embargo, ¿qué te dijo en otro tiempo Zaratustra? ¿Qué
los poetas mienten demasiado? - Mas también Zaratustra es un poeta.
¿Crees, pues, que dijo entonces la verdad? ¿Por qué lo
crees?».
El discípulo respondió: «Yo creo en Zaratustra». Mas
Zaratusara movió la cabeza y sonrió.
La fe no me hace bienaventurado, dijo, y mucho menos, la fe
en mí.
Pero en el supuesto de que alguien dijera con toda seriedad
que los poetas mienten demasiado: tiene razón, - nosotros mentimos demasiado.
Nosotros sabemos también demasiado poco y aprendemos mal:
por ello tenemos que mentir.
¿Y quién de entre nosotros los poetas no ha adulterado su
propio vino? Más de una venenosa mixtura ha sido fabricada en nuestras bodegas,
y más de una cosa indescriptible se ha hecho en ellas.
Y como nosotros sabemos poco, nos gustan mucho los pobres de
espíritu, ¡especialmente si son mujercillas jóvenes!
Hasta codiciamos las cosas que las viejecillas se cuentan
por las noches. A eso lo llamamos lo eterno-femenino que hay en nosotros.
Y como si hubiese un especial acceso secreto al saber, que
queda obstruido para quienes aprenden algo: así nosotros creemos en el pueblo y
en su «sabiduría».
Y todos los poetas creen esto: que quien, tendido en la
hierba o en repechos solitarios, aguza los oídos, ése llega a saber algo de las
cosas que se encuentran entre el cielo y la tierra.
Y si a ellos llegan delicados movimientos, los poetas opinan
siempre que la naturaleza misma se ha enamorado de ellos:
Y que se desliza en sus oídos para decirles cosas secretas y
enamoradas lisonjas: ¡de ello se glorían y se envanecen ante todos los
mortales!
¡Ay, existen demasiadas cosas entre el cielo y la tierra con
las cuales sólo los poetas se han permitido soñar!
Y, sobre todo, por encima del cielo: ¡pues todos los dioses
son un símbolo de poetas, un amaño de poetas!.
En verdad, siempre somos arrastrados hacia lo alto - es
decir, hacia el reino de las nubes: sobre éstas plantamos nuestros multicolores
peleles y los llamamos dioses y superhombres: -
¡Pues son justamente bastante ligeros para tales sillas! -todos
esos dioses y superhombres.
¡Ay, qué cansado estoy de todo lo insuficiente, que debe ser
de todos modos acontecimiento!232 ¡Ay, qué cansado estoy de los poetas!
Cuando Zaratustra dijo esto, su discípulo se enojó con él,
pero calló. También Zaratustra calló; y sus ojos se habían vuelto hacia dentro,
como si mirasen hacia remotas lejanías. Finalmente suspiró y tomó aliento.
Yo soy de hoy y de antes, dijo luego; pero hay algo dentro
de mí que es de mañana y de pasado mañana y del futuro.
Me he cansado de los poetas, de los viejos y de los nuevos:
superficiales me parecen todos, y mares poco profundos.
No han pensado con suficiente profundidad: por ello su
sentimiento no se sumergió hasta llegar a las razones profundas.
Un poco de voluptuosidad y un poco de aburrimiento: eso ha
sido la mejor incluso de sus reflexiones.
Un soplo y un deslizarse de fantasmas me parecen a mí todos
sus arpegios; ¡qué han sabido ellos hasta ahora del ardor de los sonidos! –
No son tampoco para mí bastante limpios: todos ellos
ensucian sus aguas para hacerlas parecer profundas.
Con gusto representan el papel de conciliadores: ¡mas para
mí no pasan de ser mediadores y enredadores, y mitad de esto y mitad de
aquello, y gente sucia!
- Ay, yo lancé ciertamente mi red en sus mares y quise
pescar buenos peces; pero siempre saqué la cabeza de un viejo dios.
El mar proporcionó así una piedra al hambriento. Y ellos
mismos proceden sin duda del mar.
Es cierto que en ellos se encuentran perlas: pero tanto más
se parecen ellos mismos a crustáceos duros. Y en vez de alma he encontrado a
menudo en ellos légamo salado.
También del mar han aprendido su vanidad: ¿no es el mar el
pavo real de los pavos reales?.
Incluso ante el más feo de todos los búfalos despliega él su
cola, y jamás se cansa de su abanico de encaje hecho de plata y seda.
Ceñudo contempla esto el búfalo, pues su alma prefiere la
arena, y más todavía la maleza, y más que ninguna otra cosa, la ciénaga.
¡Qué le importan a él la belleza y el mar y los adornos del
pavo real! Ésta es la parábola que yo dedico a los poetas.
¡En verdad, su espíritu es el pavo real de los pavos reales
y un mar de vanidad!
Espectadores quiere el espíritu del poeta: ¡aunque sean
búfalos! –
Mas yo me he cansado de ese espíritu: y veo venir el día en
que también él se cansará de sí mismo. Transformados he visto ya a los poetas,
y con la mirada dirigida contra ellos mismos.
Penitentes del espíritu he visto venir: han surgido de los
poetas.
Así habló Zaratustra.
La otra canción del baile
«En tus ojos he mirado hace un momento, oh vida: oro he
visto centellear en tus nocturnos ojos, - mi corazón se quedó paralizado ante
esa voluptuosidad:
- ¡una barca de oro he visto centellear sobre aguas
nocturnas, una balanceante barca de oro que se hundía, bebía agua, tornaba a
hacer señas!
A mi pie, furioso de bailar, lanzaste una mirada, una
balanceante mirada que reía, preguntaba, derretía:
Sólo dos veces agitaste tus castañuelas con pequeñas manos -
entonces se balanceó ya mi pie con furia de bailar.
Mis talones se irguieron, los dedos de mis pies escuchaban
para comprenderte: lleva, en efecto, quien baila sus oídos - ¡en los dedos de
sus pies!
Hacia ti di un salto: tú retrocediste huyendo de él; ¡y
hacia mí lanzó llamas la lengua de tus flotantes cabellos fugitivos!
Di un salto apartándome de ti y de tus serpientes: entonces
tú te detuviste, medio vuelta, los ojos llenos de deseo.
Con miradas sinuosas - me enseñas senderos sinuosos; en
ellos mi pie aprende - ¡astucias!
Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu buscar
me hace detenerme: - yo sufro, ¡mas qué no he sufrido con gusto por ti!
Cuya frialdad inflama, cuyo odio seduce, cuya huida ata,
cuya burla - conmueve:
- ¡quién no te odiaría a ti, gran atadora, envolvedora,
tentadora, buscadora, encontradora! ¡Quién no te amaría a ti, pecadora
inocente, impaciente, rápida como el viento, de ojos infantiles!
¿Hacia dónde me arrastras ahora, criatura prodigiosa y niña
traviesa? ¡Y ahora vuelves a huir de mí, dulce presa y niña ingrata!
Te sigo bailando, te sigo incluso sobre una pequeña huella.
¿Dónde estás? ¡Dame la mano! ¡O un dedo tan sólo!
Aquí hay cavernas y espesas malezas: ¡nos extraviaremos! -
¡Alto! ¡Párate! ¿No ves revolotear búhos y murciélagos?
¡Tú búho! ¡Tú murciélago! ¿Quieres burlarte de mí? ¿Dónde
estamos? De los perros has aprendido este aullar y ladrar.
¡Tú me gruñes cariñosamente con blancos dientecillos, tus
malvados ojos saltan hacia mí desde ensortijadas melenitas!
Éste es un baile a campo traviesa: yo soy el cazador - ¿tú
quieres ser mi perro, o mi gamuza?
¡Ahora, a mi lado! ¡Y rápido, maligna saltadora!
¡Ahora, arriba! ¡Y al otro lado! - ¡Ay! - ¡Me he caído yo
mismo al saltar!
¡Oh, mírame yacer en el suelo, tú arrogancia, e implorar
gracia! ¡Me gustaría recorrer contigo - senderos más agradables!
- ¡senderos del amor, a través de silenciosos bosquecillos
multicolores! O allí a lo largo del lago: ¡allí nadan y bailan peces dorados!
¿Ahora estás cansada? Allá arriba hay ovejas y atardeceres:
¿no es hermoso dormir cuando los pastores tocan la flauta?
¿Tan cansada estás? ¡Yo te llevo, deja tan sólo caer los
brazos! Y si tienes sed, - yo tendría sin duda algo, ¡mas tu boca no quiere
beberlo! –
- ¡Oh esta maldita, ágil, flexible serpiente y bruja
escurridiza! ¿Adónde has ido? ¡Mas en la cara siento, de tu mano, dos huellas y
manchas rojas!
¡Estoy en verdad cansado de ser siempre tu estúpido pastor!
Tú bruja, hasta ahora he cantado yo para ti, ahora tú debes - ¡gritar para mí!
¡Al compás de mi látigo debes bailar y gritar para mí!
«Acaso he olvidado el látigo? - ¡No!»
2
Entonces la vida me respondió así, y al hacerlo se tapaba
los graciosos oídos:
«¡Oh Zaratustra! ¡No chasquees tan horriblemente el látigo!
Tú lo sabes bien: el ruido asesina los pensamientos - y ahora precisamente me
vienen pensamientos tan gráciles.
Nosotros somos, ambos, dos haraganes que no hacemos ni bien
ni mal. Más allá del bien y del mal hemos encontrado nuestro islote y nuestro
verde prado - ¡nosotros dos solos! ¡Ya por ello tenemos que ser buenos el uno
para el otro!
Y aunque no nos amemos a fondo -, ¿es necesario guardarse
rencor si no se ama a fondo?
Y que yo soy buena contigo, y a menudo demasiado buena, eso
lo sabes tú: y la razón es que estoy celosa de tu sabiduría. ¡Ay, esa loca y
vieja necia de la sabiduría!
Si alguna vez se apartase de ti tu sabiduría, ¡ay!, entonces
se apartaría de ti rápidamente también mi amor.»
- En este punto la vida miró pensativa detrás de sí y en
torno a sí y dijo en voz baja: «¡Oh Zaratustra, tú no me eres bastante fiel!
No me amas ni mucho menos tanto como dices, yo lo sé, tú
piensas que pronto vas a abandonarme.
Hay una vieja, pesada, pesada campana retumbante: ella
retumba por la noche y su sonido asciende hasta tu caverna: -
- cuando a medianoche oyes dar la hora a esa campana, tú
piensas en esto entre la una y las doce –
- tú piensas en esto, oh Zaratustra, yo lo sé, ¡en que
pronto vas a abandonarme!»
«Sí, contesté yo titubeante, pero tú sabes también esto.» -
Y le dije algo al oído, por entre los alborotados, amarillos, insensatos
mechones de su cabello. «¿Tú sabes eso, oh Zaratustra? Eso no lo sabe nadie.» -
- Y nos miramos uno a otro y contemplamos el verde prado,
sobre el cual empezaba a correr el fresco atardecer, y lloramos juntos.
- Entonces, sin embargo, me fue la vida más querida que lo
que nunca me lo ha sido toda mi sabiduría.
- Así habló Zaratustra.
3
¡Una!
¡Oh hombre! ¡Presta atención!
¡Dos!
¿Qué dice la profunda medianoche?
¡Tres!
«Yo dormía, dormía -,
¡Cuatro!
De un profundo soñar me he despertado:
- ¡Cinco!
El mundo es profundo,
¡Seis!
Y más profundo de lo que el día ha pensado.
¡Siete!
Profundo es su dolor -,
¡Ocho!
El placer - es aún más profundo que el sufrimiento:
¡Nueve!
El dolor dice: ¡Pasa!
¡Diez!
Mas todo placer quiere eternidad -,
¡Once!
- ¡quiere profunda, profunda eternidad!»
¡Doce!
Si te interesa leer el diálogo Fedón completo, puedes hallarlo en: http://juango.es/files/Fedon.pdf
Otras versiones de Fedón:
http://www.filosofia.org/cla/pla/azc05019.htm, http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/dialogos-fedon-o-de-la-inmortalidad-del-alma-el-banquete-o-del-amor-gorgias-o-de-la-retorica--0/html/0005c9fc-82b2-11df-acc7-002185ce6064_10.html, https://www.biblioteca.org.ar/libros/132653.pdf
La obra completa de Así hablaba Zaratuztra puedes hallarla en:
http://www.dominiopublico.es/libros/N/Friedrich_Wilhelm_Nietzsche/Friedrich%20Wilhelm%20Nietzsche%20-%20As%C3%AD%20Habl%C3%B3%20Zaratustra.pdf
Hemos elegido Así hablaba Zaratuztra porque Steiner la menciona y señala su "expresionismo".
Puedes escuchar música compuesta por Nietzsche en: https://www.youtube.com/watch?v=FwE_QsEG6ts&list=PLeD8KyaZx_9YyhprAfIsabK5CULmTfu4d
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