¿Se puede hacer bailar al pensamiento abstracto?


Paul Valéry fue un poeta, pero no solo eso. Para que sepas más de él, te sugiero la lectura de un gran texto, en el que hallarás, además, otras relaciones entre pensamiento y poesía o, como diría Steiner, la poesía del pensamiento: Silva-Herzog Márquez, Jesús, “Atrapar un destello”, Nexos, México, 1/03/2019 (https://www.nexos.com.mx/?p=41291).

Steiner habla de Valéry y de la idea de que se puede hacer bailar al pensamiento abstracto. El fragmento que te comparto a continuación puede servir para reflexionar en esto; especialmente los tres párrafos últimos. Si quieres leerlo completo, esta es la liga: http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/ojs_rum/files/journals/1/articles/15189/public/15189-20587-1-PB.pdf

Filosofía de la danza
fragmento

Cuando la inteligencia se apodera de la danza la convierte, la penetra y la transforma en un medio soberano de expresión e inventiva.

Toda época que ha comprendido el cuerpo humano o que por lo menos ha experimentado la sensación de misterio de este organismo, de sus recursos, límites y combinaciones de energía y sensibilidad, ha cultivado, venerado la danza.

Es un arte fundamental, como lo sugieren o lo demuestran su universalidad, su antigüedad inmemorial, los usos solemnes que se han hecho de él, las ideas y reflexiones que ha engendrado en todos los tiempos. Porque la danza es un arte que se deriva de la vida misma, pues no es más que la acción del conjunto del cuerpo humano. Peto una acción transferida a un mundo, a una especie de espacio-tiempo, que ya no es del todo el mismo de la vida práctica.

El hombre se dio cuenta de que poseía más vigor, más flexibilidad, más posibilidades articulares y musculares de los que requería para satisfacer las necesidades de su existencia, y descubrió que algunos de esos movimientos le brindaban –por su frecuencia, sucesión y amplitud- un placer que llegaba a una especie de embriaguez, a veces tan intenso que sólo el agotamiento total de sus fuerzas, o cierto éxtasis del agotamiento, podían interrumpir su delirio, su gasto motriz frenético.

 Tenemos, pues, demasiada energía para nuestros menesteres. Podrán observar fácilmente que la mayoría -la inmensa mayoría- de las impresiones que recibimos de nuestros sentidos no nos sirven de nada; son inutilizables, no juegan papel alguno en el funcionamiento de los aparatos esenciales para la conservación de la vida. Vemos demasiadas cosas, oímos demasiadas cosas con las que no hacemos ni podemos hacer nada: como las propuestas de un charlista, por ejemplo.

Lo mismo se aplica a nuestros poderes de acción: podemos realizar una multitud de acciones que no tienen esperanza alguna de ser utilizadas en las tareas indispensables o importantes de la vida. Podemos trazar un círculo, mover los músculos del rostro, andar de manera cadenciosa: todo esto, que hizo posible la creación de la geometría, la comedia y el arte militar es, en sí, inútil para el funcionamiento vital.

Así, los medios de relación de la vida, nuestros sentidos, nuestros miembros articulados, las imágenes y señales que dirigen nuestras acciones y la distribución de nuestras energías que coordinan los movimientos de nuestra marioneta podrían usarse única y exclusivamente para satisfacer nuestras necesidades fisiológicas y limitarse a atacar el medio en el que vivimos o a defendemos de él, de modo que su única función fuera conservar nuestra existencia.

Podríamos llevar una vida dedicada estrictamente al mantenimiento de nuestra máquina para vivir, del todo indiferentes o insensibles hacia aquello que no juega ningún papel en los ciclos de transformación que constituyen nuestro funcionamiento orgánico, sin sentir ni llevar a cabo nada más que lo necesario, sin hacer nada que no fuera una reacci6n limitada, una respuesta finita ante alguna intervención externa. Porque nuestros actos útiles son finitos; pasan de un estado a otro.

Observen que los animales no parecen advertir ni hacer nada que sea inútil. Sin duda, el ojo de un perro ve los astros, pero el ser de aquel perro no da seguimiento a lo visto. Su oreja percibe un ruido que la hace erguirse, y lo inquieta; pero de aquel ruido sólo absorbe lo necesario para responder con una acción inmediata y uniforme. No se detiene en la percepción. La vaca, en el valle contiguo a las vías por las que pasa ruidosamente el tren Calais-Méditerranée, salta ante el estruendo: el tren desaparece; ninguna idea en el animal corre tras él. La vaca regresa al pasto tierno y sus lindos ojos no lo siguen. El índice de su cerebro regresa de inmediato a cero.

No obstante, parece que a veces los animales se divierten. El gato juega, visiblemente, con el ratón. Los monos hacen pantomimas. Los petras se persiguen unos a otros, saltan a la nariz de los caballos, y no sé de nada que remita tanto a la idea de un juego libre y alegre como las tórtolas a la orilla del mar, emergiendo del agua, zambulléndose, re· basando un bote a la carrera, pasando por debajo de su quilla y apareciendo nuevamente entre la espuma, más vivas que las olas, y entre ellas y como ellas, brillando y variando bajo el sol. ¿Se trata ya de la danza?

Pero todas estas diversiones animales pueden interpretarse como acciones útiles, impulsos que provienen de la necesidad de consumir una energía excesiva, o de mantener los órganos destinados a la agresión o a la defensa vital en estado de flexibilidad o de vigor. Y creo observar que las especies que parecen haber sido construidas con más rigor y estar dotadas de los instintos más especializados, como las hormigas o las abejas, son las que más tiempo ahorran. Las hormigas no pierden un minuto. La araña acecha, mas no juega con su telaraña. ¿Y el hombre?

El hombre es ese animal único que se observa vivir a sí mismo, que se confiere un valor propio y que deposita todo ese valor, que le gusta asignarse, en la importancia que adjudica a las percepciones inútiles y a las acciones sin consecuencia física vital.

Pascal ponía toda nuestra dignidad en el pensamiento; pero ese pensamiento que nos eleva –a nuestro parecer- por encima de nuestra condición sensible es exactamente la clase de pensamiento que es inútil. Por ejemplo, de nada sirve a nuestro organismo que meditemos sobre el origen de las cosas, o sobre la muerte. Incluso esta clase de pensamientos tan elevados serían más bien dañinos, y hasta fatales, para nuestra especie. Nuestros más profundos pensamientos son los más insignificantes para nuestra conservación y, de cierta manera, fútiles.

Pero nuestra curiosidad, ávida en demasía, y nuestra actividad, más intensa de lo que exige cualquier fin vital, se han desarrollado al grado de inventar las artes, las ciencias, los problemas universales y hasta de producir objetos, formas y acciones de los que bien podríamos prescindir.


Compara el texto anterior con este fragmento de Así hablaba Zaratuztra que te hemos compartido en otra entrada.

Sólo dos veces agitaste tus castañuelas con pequeñas manos - entonces se balanceó ya mi pie con furia de bailar.
Mis talones se irguieron, los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte: lleva, en efecto, quien baila sus oídos - ¡en los dedos de sus pies!
Hacia ti di un salto: tú retrocediste huyendo de él; ¡y hacia mí lanzó llamas la lengua de tus flotantes cabellos fugitivos!
Di un salto apartándome de ti y de tus serpientes: entonces tú te detuviste, medio vuelta, los ojos llenos de deseo.
Con miradas sinuosas - me enseñas senderos sinuosos; en ellos mi pie aprende - ¡astucias!
Te temo cercana, te amo lejana; tu huida me atrae, tu buscar me hace detenerme: - yo sufro, ¡mas qué no he sufrido con gusto por ti!
Cuya frialdad inflama, cuyo odio seduce, cuya huida ata, cuya burla - conmueve:
- ¡quién no te odiaría a ti, gran atadora, envolvedora, tentadora, buscadora, encontradora! ¡Quién no te amaría a ti, pecadora inocente, impaciente, rápida como el viento, de ojos infantiles!

Comentarios

  1. Urbano Sandoval Cristhián Iván 6° D.

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  2. Hernández López María del Carmen. 6 G

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  3. Castelan Flores Joseline Alexandra. 6° "B"

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